viernes, octubre 09, 2015

10 hitos naturales-culturales del Monte Buciero

El monte de Santoña ofrece una acumulación sorprendente de lugares de interés natural o cultural. En este artículo salen a relucir diez de ellos.



Cueva del Sorbal.

No conocemos su denominación popular, si es que la tiene. Se sitúa en la pared de roca abierta por la cantera de Quintana, o del Sorbal.
Es una cavidad de iniciales reducidas dimensiones formada por una entrada angosta que te obliga a entrar a rastras, sobre un suelo formado por una capa de deposiciones de cabra. Superada la entrada accedemos a una sala irregular cuyas dimensiones reales se pierden en la sombra. En la oscuridad se intuyen pasadizos y tal vez nuevas salas.
Con la luz del atardecer golpeando de lleno sobre la boca de la pequeña cueva, las rocas se tiñen de naranjas muy vivos, ocres, las paredes con líquenes reverdecen con espectaculares brillos.
Es probable que fuese la explotación de la cantera la que abriese la boca de esta cueva, la cual queda hoy orientada al oeste, constituyendo un curioso mirador sobre las marismas y la entrada norte a Santoña.







Rabona.

Se trata de un picacho de base redondeada y forma que recuerda a una pirámide. Llega a los 300 metros y es invisible desde la población de Santoña, incluso desde el arenal de Berria, su visión queda taponada por otra de las alturas, Monmejano.
Puede que sea la elevación menos conocida del Buciero, la que queda más alejada de los puntos más  recorridos del monte. Ofrece una inhabitual visión hacia las costas del oeste y el sector norte del Buciero, quedando la altura del Nespral o Atalaya justo al norte y a escasa distancia.
Rabona no ha cambiado su nombre al menos en los doscientos últimos años, así aparece reflejada en los planos franceses de la Guerra de Independencia española. Un plano de principios del siglo XX nombra "Rábano" a la Rabona.

La elevación de Rabona se halla completamente cerrada por encinar, bardales y espinos. Su cumbre se asemeja a la de Peña Berana, un mogote calizo quebrado por lapiaces y comido por encinas que sólo dejan una mínima ventada hacia el norte y el oeste.

Imagen, desde Rabona, visión hacia las costas del oeste, con la Sierra o Alto del Águila a la derecha, y Monmejano, tapado por ramajes en el centro.





La torca.

Se trata de una sima situada a gran altura, aproximadamente a 300 metros sobre el nivel marino. La sima cae verticalmente, sin que podamos precisar su desarrollo, o si deriva en pasadizos y galerías. Al hacer la clásica prueba de lanzar una piedra al interior, el agujero no da muchas pistas sobre su longitud, y parece engullir el pedrusco y su eco.
Hace tiempo escuchamos que un vecino de Santoña cayó por la boca de la sima al intentar rescatar a una cabra. Tuvo la suerte de quedarse en un saliente y finalmente fue rescatado. No sabemos si este suceso pertenece a la categoría de "leyendas del Buciero", pero varios vecinos dan la historia por cierta.
Según parece, las nubes de vapor retenidas en ciertas áreas montañosas boscosas pueden ser un indicador de la existencia de cuevas, galerías o simas. Estas nubes perduran cuando las neblinas matuninas van despejándose a lo largo del día. Esta semana contemplamos en la lejanía que efectivamente la norma se cumple en La Torca. Una discreta nube de vapor condensado suele verse en el entorno de la sima y es visible, por ejemplo, desde el Fuerte del Mazo, señalizándonos de este modo curioso la boca de este gran agujero natural.
La Torca, por su aislamiento y altitud, transmite una sensación de inseguridad y miedo y te hace extremar las precauciones aunque no te acerques ni a cuatro metros. Es un peculiar hito del Monte Buciero, envuelto en su nube de vapor señalizadora, y aderezado con misterios y leyendas.

Vapor condensado en las inmediaciones de la torca.

El intimidante agujero de la Torca.

Horno de cal.

Constatamos la exitencia de 4 caleros en Monte Buciero. Uno en perfecto estado, uno parcialmente derruído, uno arrasado por el paso del tiempo y un cuarto, localizado en el área de Yusa, al que dedicamos estas líneas.

La estructura está prácticamente arrasada. En superficie sólo se aprecian piedras sueltas, sin llegar a formar paredes reconocibles de la estructura del calero. Bajo la cubierta vegetal sí se puede seguir el borde del antiguo horno, el cual tal vez podría ser recuperado en parte con una excavación del contorno.
Es un vestigio de otros tiempos en los que la necesidad de cal llegó a generar una intensa actividad económica. Presenta la particularidad de aprovechar una pared vertical de roca de unos 4-5 metros, con lo cual debió ser necesario montar una estructura de mampostería adosada a la pared natural. Suponemos que al aprovechar ésta, se reducía el esfuerzo de levantar una estructura exenta y se daba protección al trabajo del horno, donde leña, ramajes y rocas de caliza ardían por más de diez días.

Un hito humilde que, más que pasar desapercibido, no existe. Aún así, sus cimientos, ocultos bajo hojas, bardales y tierra, quizá pudieran ser recuperados. Se encuentra a escasos metros del camino de ascenso a La Atalaya, partiendo de Yusa. Recuperando mínimamente este elemento cultural podría ponerse en relación a los otros dos caleros del Monte de Santoña (uno en perfecto estado de conservación, el otro conserva buena parte de su estructura y pudiera consolidarse y recuperarse).


Emplazamiento horno de cal de Yusa.

Horno de cal de San Martín Alto.


Pico de las Cazuelas.

Desde Laredo, al sur de la bahía, el Monte Buciero presenta dos cumbres inmediatas, más bajas que las más alejadas de Buciero y Ganzo. Son Peña Berana y el Pico de las Cazuelas.

El Pico de las Cazuelas ofrece un panorama privilegiado de la bahía, la ría de Treto y las costas entre Laredo y Vizcaya. En su entorno abundan hoyas, bien naturales, bien originadas por la minería de hierro de finales del s.XIX. Su cumbre es un gran mogote calizo surcado de lapiaces. La picuda cima está hoy casi engullida por las encinas.

Peña Berana desde el Pico de las Cazuelas.


Una curiosidad: situado en la bahía, en 1811, el capitán de ingenieros Galbois realiza este dibujo. El capitán francés cita "Peña Verana" y, en lugar de Pico de las Cazuelas, "Peña de Cubas". Sorprende ver representada la Peña del Mazo (citada como "El Mazo") cuando aún no había sido ocupada para levantar el fuerte del mismo nombre. El croquis muestra una extensa alameda, también descrita en testimonios de 1834, en el flanco oeste de Santoña.

(fuente dibujo de Galbois: Un presidio ynconquistable, R. Palacio)






El agujero artificial bajo el mirador del Fraile.

Se trata de una oquedad practicada por el hombre bajo el actual mirador del Fraile, sobre un acantilado que ronda los 195 metros de caída vertical. Tiene una profundidad de 3 metros, por dos de altura. Las paredes calizas del interior son quebradizas y muestran evidencias del trabajo con picos, o cinceles y mazos.

La atribución no parece clara. Lo primero que habría que determinar es su antigüedad. La calzada militar San Martín-Pescador, trazada hacia 1860, se sitúa a escasos quince metros sobre este agujero artificial, facilitando un acceso que se antoja muy complicado de no ser por la calzada. Nos inclinamos por pensar que se excavó en esta época, o con posterioridad, si bien cabe la posibilidad de que el agujero se correspondiese con la época napoleónica. No hemos localizado ninguna referencia histórica en este sentido. Además, las tropas napoleónicas accedían al entorno de la actual Casa de la Leña serpenteando el imponente rodadero del Fraile y es previsible que el punto que ocupa el agujero artificial no tuviese un acceso sencillo a principios del siglo XIX, ni en épocas anteriores.

¿Y la finalidad? Nuevamente sólo podemos especular. Tal vez un refugio ligado a la actividad minera o la obtención de madera, sin desechar completamente que haya tenido un fin militar como puesto de vigilancia ocasional. Una última opción es que desde este agujero se hubiesen encendido fuegos, a modo de faro, permitiendo un acercamiento más seguro al puerto santoñés.


Aspecto del agujero artificial y posición.


Las "tablas".

Son el recuerdo de una actividad económica de siglos que modificó notablemente las escarpadas laderas naturales del Monte Buciero. Casi todas han sido hoy engullidas por la vegetación y aparecen ante nuestros ojos con sus estructuras de piedra vencidas por el tiempo.

Nos referimos a las "tablas", los aterrazamientos practicados en las laderas del Buciero para el cultivo de frutales y, sobre todo, vid silvestre.
Las terrazas agrícolas de la peña de Santoña se extienden casi continuamente desde El Dueso hasta las faldas de Peña Berana, llegando las más alejadas a las inmediaciones de la Peña del Perro, en concreto en el lugar donde se proyectó levantar la Batería del Peón. La vertiente occidental del monte, la que desciende hasta el casco urbano, está literalmente plagada de "tablas", su denominación popular. Tras la Iglesia las podemos apreciar en uno de los escasos claros de esta vertiente. Desde este punto son constantes hasta llegar a la altura de la cantera del Sorbal, también llamada de Quintana, ascendiendo prácticamente hasta la altura del camino San Martín-Mazo.
Las terrazas permitieron dar una forma escalonada a las abruptas laderas del monte, creando estrechos bancales cultivables. Facilitaban el acceso al terreno, el manejo del agua y de la tierra, además de minimizar las fuertes escorrentías de estas duras pendientes. Las tablas fueron clave en el desarrollo de un notable comercio de chacolí. Madoz relata que Santoña a mediados del s.XIX exportaba "algun trigo, hierro, carbon, yeso, limones, chacolí y otros efectos".
Pocas son las tablas aún cultivadas, alguna en el Barrio de El Dueso y en La Alameda. La actividad en las restantes fue abandonándose a lo largo del s. XX.
Constituyen un interesante conjunto y uno de los atractivos más desconocidos del Monte Buciero. El mejor modo de conocerlos es tomar el camino del Salticón (La Alameda-Mazo), y adentrarse a derecha o izquierda en los pasos abiertos en los muros. Cuanto más te adentras, más sorprendente es la magnitud de la obra en su conjunto.



Presencia de tablas en El Dueso, en foto aérea de los años 50.

En el Dueso.

En "la Alameda".

Tablas en el entorno del Camino del Salticón.


Poza del Castañal.

En una pequeña depresión natural se forma esta poza cuyas aguas son permanentes, resistiendo a duras penas incluso en los meses más secos.
La poza fue recogida en un plano militar francés de 1813, apareciendo como confluencia de diversos caminos.
El entorno de la Poza del Castañal se halla fuertemente modificado por la actividad minera que tuvo lugar en el Buciero hasta hace unos 100 años. Hoyadas, galerías de acceso y catas mineras rodean las negras aguas de la poza, configurando un paisaje cautivador.







El Peñal.

Todas las elevaciones relevantes del Monte Buciero están rematadas en cimas puntiagudas o redondeadas, excepto una denominada desde antaño el Peñal.

Su forma recuerda a un cerro amesetado, una pequeña meseta en el interior del Buciero, situada entre la elevación del Carrosal y el valle de Yusa, jalonada al oeste por Peña Mazo y su recia fortaleza, así como el barrio de El Dueso.

La plataforma superior del Peñal y gran parte de su escarpa rocosa han quedado hoy en día engullidas por la vegetación. En el año 2014 el área sufrió un incendio intencionado de pequeñas dimensiones que obligó a los servicios de extinción a trabajar hasta bien entrada la madrugada.

El Peñal actúa como una reserva dentro de la reserva, debido a su aislamiento y lejanía respecto a los senderos más concurridos. Una meseta protegida y un balcón natural de unos 190 de alto sobre las arenas de Berria, un testigo de excepción de batallas y desembarcos.






Cueva del Merino.

De pequeño llegaban a tus oídos leyendas (sólo leyendas) de prisioneros que las tropas napoleónicas arrojaron a las profundidades de este lugar.
Lo primero que llama la atención al entrar en la cueva son los escalones labrados en la roca, seguramente un testimonio de la utilización de su acuífero como surtidor de agua potable hasta entrado el siglo XX. Vemos evidencias de "agarraderos" en las paredes y orificios en el suelo que tal vez sirvieron para instalar una precaria protección antes de una caída vertical. En el exterior de la cueva se ha documentado el hallazgo de un utensilio prehistórico, fuera de contexto arqueológico. De igual modo se ha documentado la aparición de cerámicas de cronología visigótica. Se cuenta también que el lugar sirvió de refugio durante la guerra civil. La cavidad principal de la cueva contenía un aljibe natural del cual se surtieron los vecinos del Dueso desde época inmemorial hasta entrado el siglo XX.




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