martes, julio 12, 2011

BVS CURIOSO: CASTRO CÁNTABRO DE PEÑA AMAYA

 Los castros cántabros, poblados fortificados de los indígenas pre-romanos, constituyen un mundo tan fascinante como enterrado en el desconocimiento general. Seguramente los últimos descubrimientos en torno a los modos de vida de de estos hombres de la Edad del Hierro son materia que merece una divulgación seria y a la vez al alcance de todo el mundo. Lo vamos a intentar, con ojos de aficionado, procurando no dar muchas patadas a la historia.
 Nos vamos al noroeste de Burgos, limite sur de la Cantabria histórica, para conocer el mítico enclave de Peña Amaya.


 Vista aérea de la lora, o cerro amesetado, de Peña Amaya.



 Peña Amaya emerge de la llanura burgalesa como una auténtica fortaleza natural capaz de impresionar al visitante. Sus condiciones atrajeron a sucesivos pobladores entre la prehistoria y al menos el siglo XIV. Se hace imprescindible apuntar que este lugar se ha visto envuelto en una bruma de leyendas e idealizaciones muchas veces no corroboradas por la arqueología. Por ejemplo, no parece nada claro a día de hoy que Amaya fuese la capital de los cántabros prerromanos, ninguna fuente clásica lo recoge y la etapa prerromana ofrece hallazgos de mayor entidad en lugares como Celada Marlantes, La Ulaña o Monte Bernorio. La misma idea de "capitalidad" no parece muy acertada para unas gentes organizadas en clanes, habitantes de poblados elevados sobre montes interconectados visualmente.
 En primer lugar se ha documentado una presencia continuada a lo largo de la Edad del Bronce Medio (aproximadamente desde el 1900 antes de nuestra era), la cual se hace más intensa hacia el siglo X antes de nuestra era.
 Este bastión natural se convierte durante la Edad del Hierro (siglos VIII-I a.n.e) en un castro o poblado fortificado cántabro hasta que pasa a manos romanas y a denominarse Amaia Patricia (las guerras de Roma contra los cántabros se desarrollan entre el 29 y el 19 antes de nuestra era). Se sabe también que el rey visigodo Leovigildo toma la ciudad en el 574 de nuestra era.
 En el año 711 gran parte de la oligarquía visigoda huye de Toledo ante el avance del ejército islámico vencedor de Guadalete y queda a resguardo en la lora de Amaya. Un año más tarde Tarik ben Ziyad, caudillo de la invasión árabe, asedia, somete a la hambruna extrema y finalmente derrota a los pobladores visigodos de Amaya.
 La historia nos dice que hasta el 860 este mítico cerro no es repoblado nuevamente por el Conde Rodrigo. Amaya pasa a convertirse en un enclave primordial de la primera línea fronteriza en la llamada Reconquista.


 Desde la repoblación de finales del siglo IX hasta el siglo XII la villa medieval se asienta en lo alto de la meseta de Amaya, al amparo de la fortaleza elevada sobre el promontorio hoy conocido como El Castillo y de las propias virtudes naturales de la plaza. El alejamiento respecto a la línea de la reconquista hará que en el siglo XII los lugareños se trasladen a la llanura inmediata. La actual Amaya, apenas un puñado de casas sobrias y humildes arremolinadas en torno a una iglesia, es heredera de aquel poblado medieval descendido desde las alturas de la peña.


 Esta amplia trinchera excavada en la roca permite el acceso a la meseta. Unos 250 metros de longitud y dos metros de anchura. Los especialistas atribuyen la trinchera a los pobladores cántabros prerromanos.


 La estructura que hace de base alcanza los 1200 metros y cuenta con cantiles de roca de entre  50 y 100 metros. Al ascender a la plataforma o meseta de Amaya, superadas las paredes rocosas que debían sobrecoger a los invasores, te percatas de que la ascensión no ha hecho más que comenzar. Sobre la plataforma se alzan imponentes dos nuevas protuberancias de escarpadas paredes. En primer término, la mole conocida como El Castillo, antiguo asiento de la fortaleza medieval que continuó en uso hasta el siglo XIV. Mires donde mires aprecias restos del poblamiento medieval, fosos, derrumbes de muralla de las antiguas defensas que cortaban todo posible acceso.


Vista de El Castillo y restos del poblado medieval de Amaya, el cual seguramente aprovechó estructuras más antiguas.


 Desde lo alto de El Castillo el pueblo medieval cobra toda su dimensión. Súbitamente el visitante puede entrever el entramado de calles y el trazado de cada casa. Hacia el sur, la llanura burgalesa sobre la que Amaya actúa como atalaya y baluarte.


 Esta visita a Amaya fue organizada por la asociación Adic, lo que nos permitió tomar curiosas imágenes como ésta, la bandera con la estela de Barros y las defensas ciclópeas de El Castillo, presumiblemente vestigios pertenecientes a la Edad del Bronce. La técnica constructiva indica que el amurallamiento no corresponde con los moradores cántabros de la Edad del Hierro, ni con el periodo romano, ni medieval. En lo alto del promontorio apenas son visibles restos de la fortaleza medieval. Una espada y un hacha, así como un estrato original de la época, han permitido a los arqueólogos datar la ocupación en tiempos de la Edad del Bronce.
 A su vez, el ocupamiento cántabro en los siglos previos a la conquista romana ha sido determinado por el hallazgo de piezas de cinturón y tres fíbulas (enganches bellamente adornados que permitían la sujección de las prendas en ausencia de botones). También son conocidos de esta época varios denarios de origen ibérico (los cántabros comerciaban con los pueblos sureños), dos cuchillos y diverso material metálico.
 Los hallazgos de la Edad del Hierro, la cual se corresponde con los indígenas cántabros, son en verdad escasos. Se confirma así que Peña Amaya distaba de ser la "capital" cántabra descrita más en leyendas que en estudios científicos. No obstante los arqueólogos dejan la puerta abierta a que nuevos sondeos destapen más datos sobre este periodo.
 La etapa romana arroja numerosos descubrimientos que nos hablan de ocupación militar y civil. Peines, estelas con nombres indígenas (cántabros) y romanos, ungüentarios, pinzas, monedas, pulseras, ánforas y vasos, etc.


 Desde esta perspectiva la roca aparece en sus verdaderas dimensiones. El visitante moderno se siente empequeñecido al imaginar la fortaleza que coronó el enclave hasta el siglo XIV.


 En diversos puntos observamos catas arqueológicas que permiten hacerse una idea más precisa de la dimensión del yacimiento. Éste es un buen ejemplo. Sin la cata el visitante percibe una pobre cubierta vegetal sin nada reseñable, sin embargo la cata descubre un potente amurallamiento de más de metro y medio de anchura. Con un poco de imaginación el yacimiento de Amaya cobra otra dimensión y el visitante puede adivinar un completo y complejo sistema defensivo.


 Como hemos anticipado, el norte de Burgos representó la línea sur de la Cantabria prerromana. A tan sólo 4,5 kms divisamos otro cerro con una historia que corre en paralelo a la de Amaya, el Castro de la Ulaña, que a día de hoy ha arrojado hallazgos prerromanos más notables que la propia Amaya. La Ulaña constituye uno de los mayores yacimientos de la segunda Edad del Hierro de toda Europa. Los antiguos cántabros habitaban estas privilegiadas mesetas llevando una economía pastoril. Desde estas alturas controlaban el territorio, comerciaban y lanzaban operaciones de saqueo contra los pueblos sureños (turmogos y vaceos), emparentados culturalmente con los propios cántabros.


 Dejamos atrás el promontorio de El Castillo y buscamos un acceso a la segunda sección, La Peña. Descubrimos el curso de los mismos riachuelos que hacían de Amaya un lugar habitable. Mires donde mires percibes derrumbes de viviendas medievales y vestigios de muralla. El promontorio parece inaccesible hasta que entrevemos una vía que asciende sin demasiada complicación hasta la cima casi plana.


 En lo alto de la mole de La Peña encontramos vestigios de edificaciones correspondientes al periodo romano. Los especialistas determinan que una vez tomada Peña Amaya los romanos le dan un uso exclusivamente militar que irá complementándose con el civil con el paso de los años. Desde aquí sería sencillo mantener un control sobre la vía que unía Pisoraca (Herrera de Pisuerga), Julióbriga (Retortillo-Reinosa) y Portus Blendium (Suances), siendo Pisoraca el asentamiento de la Legio IV. La vía transcurría al oeste de Amaya, hecho éste que disminuyó el valor estratégico del Castro de la Ulaña (desplegado al este de Amaya). Eso explicaría que La Ulaña contenga mayores restos prerromanos, pero fuese abandonada en época romana.
 Tradicionalmente se atribuyó a Amaya un papel central dentro de la organización territorial de la  antigua Cantabria. Incluso se llega a afirmar que el nombre procede de la raíz indoeuropea am(m)a, "madre", viniendo a significar "ciudad madre". Las últimas investigaciones apuntan a que en efecto fue poblado cántabro, aunque de menor entidad, que cobra mayor relevancia como asentamiento militar-administrativo y civil romano. La "capitalidad" del territorio cántabro sí podría asegurarse en los tiempos en los que Amaya cobija a la oligarquía visigoda.


El Castillo desde La Peña.


 La estructura denominada La Peña ofrece formas curiosas como ésta, una especie de proa apuntando al enemigo. Ascender a lo alto de los cantilles y sortear los pasos amurallados debía ser misión imposible para el invasor, pese a ello una vez arriba los caminos son cómodos. A estas condiciones hay que añadir las hasta 7 fuentes que manan desde Peña Amaya. Lo que en principio pudiera parecernos una roca inhabitable poco a poco va cobrando un carácter más amable que nos acerca a entender a los diferentes moradores del lugar.


 Allá donde la naturaleza no presenta cantiles inexpugnables el hombre dispuso completos sistemas defensivos. Lo observamos con claridad en esta vaguada que permite el acceso desde la llanura norte, donde los restos del amurallamiento forman un ángulo recto que haría infructuoso el ataque.

 Peña Amaya es en definitiva uno de esos enclaves donde la historia ha ido concentrándose milenio tras milenio. Hoy en día el lugar permite soñar, imaginar y revivir tiempos remotos protagonizados por hombres en esencia iguales a nosotros.

 Concluímos la entrada con una referencia a la España negra que tiene como escenario Peña Amaya.




Bibliografía:
-Castros y castra en Cantabria, VV.AA, 2010.
-Los cántabros antes de Roma, Eduardo Peralta Labrador, 2003.
-Peña Amaya y Peña Ulaña, toponimia y arqueología prerromanas, Miguel Cisneros, Javier Quintana, José Luis Ramírez, 2004.

-Artículo sobre "Elicio Rojo" encontrado en la web La Carregue, las viejas noticias de Burgos.

 Hemos procurado ser rigurosos en la presentación de la historia de Peña Amaya, cualquier error se debe a nuestro atrevimiento e ignorancia. Esperamos que en el Código Penal no esté tipificado "dar patadas a la historia". Era un reto ordenar información sobre un periodo de varios milenios y no prestar atención a leyendas y mitos, en ocasiones sustentados incluso por supuestos especialistas.

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