martes, agosto 17, 2010

Cap 1. FORTÍN DEL BRUSCO


Introducción:
 El entorno del municipio de Santoña cuenta con notables muestras patrimoniales, vestigios mejor o peor tratados por el hombre y el paso del tiempo, piedras con historia cuyo relato va perdiéndose ante un extraño desconocimiento general.  

BUCIERO, VIDA SALVAJE

CAPÍTULO 1. FORTÍN del BRUSCO.


 Retrocedamos a 1808, Guerra de Independencia española. Un limitado contingente francés, veinte unidades de caballería y un batallón de infantería, toman posición en Santoña.  El vital enclave pronto regresa a manos españolas, pero a finales de 1809  el ejército napoleónico se hace decididamente con la plaza. Se producen intentos de recuperar el peñasco por parte de las tropas hispano-inglesas, como el desembarco en Noja de mil hombres que cruzan el Brusco en dirección a la villa. Esta acometida se produce también por vía marítima, Hemos de imaginar unas cuarenta embarcaciones de la escuadra inglesa luchando con la tempestad y ocho fragatas que terminan a refugio en la Peña del Fraile. Santoña había quedado en manos del ejército galo y se iniciaban los primeros trabajos de fortificación, tímidos al comienzo. Se ocupan las baterías existentes en San Martín y San Carlos y se disponen piezas de artillería en dirección al paso terrestre de Berria.
 Vayamos a 1811. Bonaparte pone sus ojos en Santoña y percibe su importancia estratégica. Importantes remesas presupuestarias comienzan a llegar, aprovisionamientos, planes de fortificación, ingenieros militares enviando informes al emperador y unos ochocientos vecinos trabajando en las obras y hasta dos mil soldados dedicados a convertir Santoña en un lugar inexpugnable. Es entonces cuando empieza a cobrar el papel decisivo como plaza fuerte que tendría hasta el último día de la contienda.
 A mediados de 1811 se cuenta ya con una fortificación elemental de campaña. El istmo de Berria y la entrada a la bahía son defendidos con baterías, atrincheramientos, empalizadas, obras dispuestas a asegurar la preciada posesión utilizando madera y arena. Se inicia la construcción de la obra "sólida", el Fuerte Imperial, la Batería Rouget o de la Cueva, el complejo de Galbanes. Los límites exteriores del pueblo son cerrados a cal y canto taponando las calles con barricadas. El Monte Buciero y el Gromo sufren sobremanera la necesidad de madera y son prácticamente pelados. Los planes de defensa incluyen barrenar acantilados allí donde se presupone una mínima posibilidad de desembarco nocturno. Santoña quedaba convertida en un bastión inasequible para cualquier ejército de la época. Una roca metida en el mar, relativamente fácil de defender, imposible de tomar.
 1812 supone un giro radical en el desarrollo de la guerra a escala nacional. El ejército imperial pierde paulatinamente terreno y Santoña y Burgos van perfilándose como las únicas plazas francesas en todo el norte peninsular. Un impresiontante bloqueo va ciñéndose en torno de la pequeña población cántabra. La escuadra inglesa trata de cerrar el paso marítimo (sin mucho éxito, los franceses continuaron aprovisionando el enclave por esta vía). Entre 1812 y mediados de 1813 españoles e ingleses van tomando posiciones, Argoños, Castillo, Noja, Cicero, Colindres, Laredo.
 Santoña queda aislada, dispuesta al combate final. Dos mil franceses esperando tras trincheras, empalizadas, fortalezas y parapetos y unas 90 piezas de artillería desplegadas en todas las direcciones posibles. Unos cuatro mil hombres estrechando el cerco.

 Este breve repaso de la contienda nos lleva hasta la construcción del Fortín o Reducto del Brusco. Los ingenieros franceses perciben la urgencia del momento. Ha de sellarse el acceso terrestre. A marchas forzadas se trabaja en los puntos más elevados del Gromo (justo donde hoy contemplamos dos gigantescas antenas de telefonía yacen los restos del fuerte del Gromo cubiertos de vegetación e ignorados absolutamente por el ayto. de Argoños, más interesado en el cemento que en la historia). Cuatro meses de trabajo entre finales de 1813 y principios de 1814 dan como resultado esta obra razonablemente conservada hasta nuestros días.




 A principios de 1814 la ofensiva española retoma Laredo. Sólo resta acometer el ataque del peñasco santoñés.
 El pequeño fortín desempeña un papel crucial en esos días decisivos. La disposición de la peña sobre la que se asienta, escarpadas laderas por todos los flancos, hace que la batalla sea cruenta y prolongada. Imaginemos a cincuenta franceses preparados para morir defendiendo la posición y a un contingente muy superior de españoles dispersados por todo el abrupto y boscoso contorno. El espacio para los defensores es increíblemente reducido como apreciamos a continuación...


 En amarillo tenemos el perímetro exterior de la muralla. En azul el borde interior. Los restos de muro que observamos bajo la línea discontínua roja corresponden al barracón que se instaló en el interior del fortín y la contínua línea roja representa el trazado de dicho barracón. Esta disposición nos da como resultado un angosto pasillo (entre la línea azul y la roja) desde el que combatieron los soldados franceses.
 Estamos a finales de marzo de 1814. Otra vez es necesario un pequeño esfuerzo de imaginación. Aún puede olerse y sentirse el fragor de aquellos días. Las mismas piedras, la misma peña abrupta que asoma la cabeza entre la densa naturaleza. Cincuenta franceses del 130º Regimiento de Infantería desesperados en el escueto interior del fuerte. Cuatro batallones de infantería en pos de la cima. Cuatro días. Cuatro noches. Ataques y retiradas, mientras los defensores van quedándose sin munición, sin alimento. La cumbre se cubre de cadáveres.
 Es el 25 de marzo. El teniente Pison observa cómo el enemigo se dispone a un ataque final y ordena desalojar la posición. Hay que escapar, como sea posible, hasta el fortín del Gromo. En la siguiente instantánea podemos hacernos una idea de la distancia que debieron recorrer estos hombres, malheridos y renqueantes, a bayoneta calada...


El lugar conserva su encanto y poder evocador, aunque en la práctica se desconozca ampliamente incluso su existencia, no digamos ya su historia. Conociendo unas notas elementales de lo sucedido, el visitante puede recrear este episodio mientras asciende a lo alto de la peña. Encaramarse a estas piedras permite casi escuchar disparos de mosquete y alaridos de hombres.



 En este tramo de la muralla observamos hasta qué punto se aprovechó el asiento de roca en la construcción del fortín.


 Otra perspectiva del pasillo entre la muralla y el derruido barracón central.


PRÓXIMAMENTE CAP. 2. FORTÍN DEL GROMO